domingo, 10 de marzo de 2013

Historia incompleta I




Les presento a mi pasado: tiene todo lo que bien o mal le he dado. Allá al fondo se ve todo lo que aprendí de lo que mis papás intentaron enseñarme, esas son las bases. También se ve lo que aprendí por mi cuenta y que también es causa de mi porqués. Todos esos colores que se ven, pertenecen a mi infancia. Si se ven raspados es porque de niño corrí mucho, me subía a todos los árboles y me caí cientos de veces. Ah, y no está húmedo, son lágrimas. Y las hay de todo tipo; están las que salen cuando reí mucho, con mis amigos o mi familia; las de felicidad, como cuando nació mi hermanito o un encuentro bonito; esas que brillan mucho son las lágrimas tristes. Esas son especiales, esas no solo liberan, lavan. He llorado mucho porque he sentido mucho. Aún lloro cuando recuerdo al amigo que falleció hace algunos años, cuando recuerdo el sentimiento de frustración con una decisión mal tomada, también las despedidas. Ese es mi pasado. Tal vez no te guste, pero es mío, y más importante aún, forma parte de mí, no lo niego ni lo haré, no lo quiero cambiar, porque me define, me hace ser lo que soy.

A ese niño de doce años que ven allá, sentado en una esquina, es el David de hace años. Jugaba bien fútbol, era buen portero, no decía groserías y nunca se enojaba. Quería ser futbolista profesional, después pensó que sería un excelente cronista deportivo. Ya le dije que no lo va a ser. Solo me sonrío y me dijo: "no pasa nada, ya vi lo que va a ser de nosotros y no lo cambiaría". Siempre supo cómo consolar.

Ya les presentaré a los demás David.

miércoles, 9 de enero de 2013

De montañas rusas y Jaimitos.

"Préstame un poco de barba para mi pelona, cabrón", me saludó Jaime, un viejo amigo mi papá. Solo me reí, es que sí lo necesita, el señor ya está viejillo y está quedando calvo.

Cada vez que papá o mamá hacían referencia a ese popular dicho que reza: "la vida es como una montaña rusa, a veces estás arriba; otras veces, estás abajo y te lleva la chingada", inevitablemente mencionan a Jaimito. Y es que sí es un buen ejemplo. El señor era empleado federal de aeropuerto de Cancún, ganaba muy bien, tenia una familia que lo quería mucho y un futuro prometedor. También era alcohólico. Las cosas empezaron a ir mal cuando perdió el trabajo y los pocos pesos que tenía les ponía vodka, hielo y se los tomaba. Eventualmente, su familia lo dejó. Ahora es taxista, compró una camioneta y lleva gente de un pueblo a otro. La camioneta también está vieja y calva, tiene muchos detalles y le quita mucho dinero. El alcoholismo, además de dejarlo sin familia ya lo dejó cojo. No sé bien qué le pasó en el pie, pero cojea. 

¿En qué estaba? Ah, claro. Está pelón y yo hace casi un mes que no me afeito. 

Vino a visitar a mi papá, que es de los pocos amigos que aún tiene. Me preguntó por la escuela, por el trabajo, que cuándo voy a ver a mi novia de nuevo. Casual. 

Jaime puede estar muy jodido, pero no deja de ser gracioso ni deja de sonreír por la vida. Es consciente de sus errores y que arrastra el peso de sus pecados. Los acepta. Son suyos, así como lo son sus circunstancias. 

Compartimos un refresco, una torta de carne, reímos y se despidió. 

Se ve feliz, tranquilo y en paz. Mi papá dice que hace muchos años que no lo veía así. 

Yo me pregunto en qué parte de la montaña rusa estará.

martes, 12 de junio de 2012

De las palabras en silencio

Sonó el despertador, eran las 6:30.
Me revolví entre las sábanas y apagué el celular. 
Entonces reaccioné.
Esa habitación no era la mía, ni la cama, ni los muebles, ni nada. Solo se escuchaba el siseo de aire acondicionado y mi respiración. ¿O no era la mía? Me senté para ver bien la habitación que apenas se iluminaba por un haz de luz que se filtraba entre las gruesas cortinas. Definitivamente no estaba en mi habitación. Me recosté suavemente, desorientado. Sentí cómo mi cabeza se hundía en almohada, sin que esta ofreciera resistencia.
Miré el techo. Una leve incertidumbre me comenzaba a inundar. Miré a mi derecha y la vi.
Era ella. Apenas era la primera vez que me despertaba a su lado. Me quedé observándola dormir y sonreí al saberla mía. 
Te amo. Agradezco mucho a la vida el haberte encontrado, el haberte reconocido. Te miro y sé que quiero pasar contigo el resto de mi vida. Nuestra vida.
Me acerqué y le acaricié el cabello.
Conmigo estás segura. Yo te voy a cuidar, amor. Vamos a reescribir la forma de amar. Te amo.
Mientras aún dormía la besé suavemente. Nuestros labios apenas y se tocaron. Entonces abrió los ojos y se hizo mi luz. Me miró, me sonrió y me besó. 
Me supe amado, seguro; supe que lo que teníamos sería para toda nuestra vida. 
Ninguno dijo nada; los dos entendimos todo.
La abracé y nos recostamos para dormir cinco minutos más.
Eran las 6:33.

sábado, 26 de mayo de 2012

De caminatas.


—Ya me cansé.
—¿Quieres tomar un taxi?
—No. Llegaríamos más rápido y disfruto caminar contigo así, con nuestras manos entrelazadas.
—A mí también me gusta. Me siento parte de ti.
—Parte de nosotros, amor.
—Cierto, nosotros. Nunca había sido nosotros.
—Lo sé. Yo te voy a enseñar.
—¿Cómo?
—Con el ejemplo.
—¿Y si no aprendo? ¿Y si no entiendo?
—No dejaré de enseñarte, cabeza dura, porque te amo.
—Yo también te amo. Pero...
—¿Qué pasa?
—No sé cómo ser parte de un equipo. Tengo miedo de lastimarte.
—Todo estará bien, amor. Te lo prometo... ¿Ves? Ya estás sonríendo.
—Sonrío porque te amo.
—Mira, ya llegamos.
—Cierto, ni estábamos tan lejos.


lunes, 30 de abril de 2012

De bosques, ángeles y miedo.

Era un pequeño pueblo a las afueras de un bosque.
El ambiente estaba tenso. De la ciudad llegaban los rumores y las historias de aquel asesino al que las autoridades aún no habían podido capturar.
Ayer habían encontrado otro cuerpo. Las condiciones del cadáver, reservadas para las autoridades. La víctima, un hombre de edad avanzada. El método, el mismo. El ambiente estaba tenso.
Don Raúl era el herrero del pueblo, había destinado una parte de su casa para poner un modesto taller en el que trabajaba para llevar el pan a la mesa de su familia. Doña Flor, su esposa, una mujer de mediana edad dedicada a las labores caseras y educar a sus hijos. Martín y Mercedes, de 8 y 5 años respectivamente.
Ya terminaba el día, el crepúsculo se comenzaba a diluir con la oscuridad nocturna. Don Raúl ya estaba cerrando sus ventanas para ir a cenar y descansar con su familia cuando escuchó un golpe sordo en una de las paredes de madera. Tomó un enorme martillo que manejaba con mucha facilidad, producto del trabajo diario, y salió del taller. Descubrió a un hombre sucio, despeinado y con la mejilla morada. Don Raúl, un hombre cristiano dejó caer el martillo para ir en auxilio de un desconocido. Lo metió a su casa, le dijo a su mujer que le ayude a limpiarlo y a curar sus heridas. Tenía las manos ensangrentadas y la mejilla inflamada, producto de el mismo golpe que había ocasionado ese moretón en el ojo. Intercambiaron un par de palabras. El extraño había sido atacado por un hombre que corría por el bosque. Don Raúl le ofreció refugio por esa noche y lo llevó al taller, donde le dio unas sábanas y un poco de agua. Cerró por fuera.
La familia cenó a la misma hora, dieron gracias por el día y se fueron a su habitación.

4:12 de la mañana. Doña Flor se despertó, bebió agua y fue a ver a sus hijos. Mercedes ya no estaba. Mercedes no volvería.

2:22 de la mañana. Una figura escurridiza sale del taller, carga una mochila, no tiene ningún moretón, no tiene ninguna inflamación en el rostro, está limpio. Rodea la casa caminando de prisa y en total silencio, como si sus pasos no tocaran el pasto debajo de sus pies. Saca una navaja, de un solo movimiento la introduce en la rendija de la ventana y bota el seguro. Abre. Entra.

4.25 de la mañana. Don Raúl se dirige a toda velocidad al taller, con un revólver en la mano. Llega y descubre la puerta abierta. Entra con violencia a la habitación solo para comprobar lo que ya sabía: el extraño al que había auxiliado más temprano ya no estaba. Solo quedaban unas cascaras de cera fundida, que el hombre tenía en su cara, pintados con mucho cuidado de color morado verdoso. Eran los moretones, era la inflamación.

2:46 de la mañana.
—¿Eres un ángel? —preguntó Mercedes a su acompañante.
—Sí.
Caminaban a prisa, esquivando los árboles en lo más profundo del bosque.
Mercedes le tomó la mano a su ángel.
—El bosque me da miedo.
—A mí también. Y yo me tengo que regresar solo...