miércoles, 25 de enero de 2012

De festivales.

Como cada año, cuando se acercaba el 10 de mayo, día de las madres, en la escuela se preparaba el festival para las mamás. Yo estaba en kinder. Ahí conocí a Mauricio, ya les hablé de él, y a Daniela, una niña de cabello castaño y rizado, unos ojos verdes hermosos y una sonrisa encantadora. Ya muchos otros que no tienen nada que ver con esta historia. Mi maestra, una mujer joven fanática de las telenovelas, decidió que debíamos bailar el tema de la telenovela del momento: Agujetas de color de rosa.
Empezaron los ensayos y nos asignaron una pareja de baile. Por alguna extraña razón, éramos más niños que niñas, y los que no teníamos pareja bailábamos atrás de todos, para que no nos vean. Creo. La pareja de Daniela era muy torpe. Ella tampoco era muy hábil. Tenían que hacer un paso en el que él la tenía que pasar por debajo de su brazo, mientras ella daba una vuelta. Ella no sabía cómo, y él, de alguna forma se la ingeniaba para golpearla o tirarla. Los esfuerzos de la maestra fueron inútiles, el paso no salía.
Entonces vi mi oportunidad.
—Maestra, ¿puedo intentarlo?
Con un ademán me dijo que sí. Lo intentamos. Sí. Daniela y yo. Hizo el movimiento mejor que con su pareja anterior y la maestra decidió que se quedara así. Yo era su nueva pareja. 
El día del festival, ella estaba muy nerviosa. Recuerdo que le dije algo para tranquilizarla y no funcionó. Fue el turno de nuestro grupo y salimos a bailar, con algunas dificultades, ese movimiento maldito por fin salió. No fue perfecto, pero fue algo. 
Terminamos de bailar, salimos tomados de la mano, igual que todas las demás parejas. Antes de que me pudiera ir a reunir con mis amigos y a quejarnos de las vergüenzas que nos hacen pasar, me miró a los ojos, dijo algo que no escuché, y la di un beso. Un beso en los labios. Un beso de niños. Me miró, la miré, me sonrió y me devolvió el beso. Volvimos a sonreír y nos fuimos con nuestros amigos. 
Estuvimos juntos toda la primaria. Y cada año cuando se acercaba el festival, nos mirábamos deseando ser pareja. Y siempre, después del baile, la volteaba a ver, ella se apenaba, bajaba la mirada y sonreía.
Fuimos novios durante las vacaciones de verano, en sexto de primaria.

martes, 10 de enero de 2012

Del único arrepentimiento.

Se llamaba Mauricio.
Fue mi amigo desde la primaria, después yo me cambié de escuela al terminar la secundaria y dejamos de vernos. Nuestras mamás eran muy amigas, y por medio de la mía sabía de él.
Un día llegué de la escuela, noté a mi mamá muy callada. Me sirvió mi comida y antes de que pueda dar el primer bocado, me lo dijo:
—Mauricio está enfermo.
Supuse que era algo grave, por el tono de su voz y el semblante de su rostro. No respondí, solo la miré, esperando.
—Tiene leucemia.
Recuerdo que siempre inventaba algo para evitar ir al hospital. No lo quería ver así, mal. No quería ver a mi amigo, el que yo conocí como un muchacho robusto, fuerte, enérgico; débil, maltratado por la enfermedad. Y no fui.
Pasó el tiempo y él tenía días buenos y malos. 
Me lo encontré un día, en la calle. Lo vi mejor, lo vi fuerte, bien. Hablamos, nos reímos y prometí ir a verlo para jugar videojuegos o algo.
El tiempo pasó y nunca fui.
Llegué a casa después de la ir a la escuela, no había nadie. Sonó el teléfono y contesté. Era la mamá de otro amigo, me dijo muchas cosas, pero solo recuerdo: "David, Mau ya está descansando". 
Llego mi mamá, le dije, hubieron lágrimas, por dioses y negaciones. Ninguna fue mía. Tenía el alma entumida, no sentía.
Entramos a la funeraria, y como todas las funerarias, el ambiente era pesado y se podía respirar la tristeza. Encontré un sillón y me dejé caer en él. Desde ahí podía ver el féretro.
Entonces todo adentro de mí se rompió.
Recordé sus fiestas de cumpleaños, los pasteles deliciosos que hacía su mamá, las retas interminables de videojuegos. Recordé a todos los amigos reunidos en su casa, nos recordé jugando hockey con palos de escobas y una pelota playera, me recordé con el ojo morado, lo recordé con un dedo fracturado.
Después me descubrí como un cobarde, nunca lo fui a ver porque no lo quería ver enfermo. 
Sentí vergüenza.
Lloré, primero de rabia, después de tristeza.
Seguí llorando.
En mis veinticuatro años solo me arrepiento de una cosa, de algo que no hice: de no haber sido el amigo que él necesitó. De no haber tenido el valor, el coraje. De ser un cobarde.
Ya pasaron seis años, todavía me sigue doliendo.
Tengo un "perdón" atorado en la garganta, desde hace mucho tiempo.

Para ti, Mau.