Sonó el despertador, eran las 6:30.
Me revolví entre las sábanas y apagué el celular.
Entonces reaccioné.
Esa habitación no era la mía, ni la cama, ni los muebles, ni nada. Solo se escuchaba el siseo de aire acondicionado y mi respiración. ¿O no era la mía? Me senté para ver bien la habitación que apenas se iluminaba por un haz de luz que se filtraba entre las gruesas cortinas. Definitivamente no estaba en mi habitación. Me recosté suavemente, desorientado. Sentí cómo mi cabeza se hundía en almohada, sin que esta ofreciera resistencia.
Miré el techo. Una leve incertidumbre me comenzaba a inundar. Miré a mi derecha y la vi.
Era ella. Apenas era la primera vez que me despertaba a su lado. Me quedé observándola dormir y sonreí al saberla mía.
Te amo. Agradezco mucho a la vida el haberte encontrado, el haberte reconocido. Te miro y sé que quiero pasar contigo el resto de mi vida. Nuestra vida.
Me acerqué y le acaricié el cabello.
Conmigo estás segura. Yo te voy a cuidar, amor. Vamos a reescribir la forma de amar. Te amo.
Mientras aún dormía la besé suavemente. Nuestros labios apenas y se tocaron. Entonces abrió los ojos y se hizo mi luz. Me miró, me sonrió y me besó.
Me supe amado, seguro; supe que lo que teníamos sería para toda nuestra vida.
Ninguno dijo nada; los dos entendimos todo.
La abracé y nos recostamos para dormir cinco minutos más.
Eran las 6:33.
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