Era un pequeño pueblo a las afueras de un bosque.
El ambiente estaba tenso. De la ciudad llegaban los rumores y las historias de aquel asesino al que las autoridades aún no habían podido capturar.
Ayer habían encontrado otro cuerpo. Las condiciones del cadáver, reservadas para las autoridades. La víctima, un hombre de edad avanzada. El método, el mismo. El ambiente estaba tenso.
Don Raúl era el herrero del pueblo, había destinado una parte de su casa para poner un modesto taller en el que trabajaba para llevar el pan a la mesa de su familia. Doña Flor, su esposa, una mujer de mediana edad dedicada a las labores caseras y educar a sus hijos. Martín y Mercedes, de 8 y 5 años respectivamente.
Ya terminaba el día, el crepúsculo se comenzaba a diluir con la oscuridad nocturna. Don Raúl ya estaba cerrando sus ventanas para ir a cenar y descansar con su familia cuando escuchó un golpe sordo en una de las paredes de madera. Tomó un enorme martillo que manejaba con mucha facilidad, producto del trabajo diario, y salió del taller. Descubrió a un hombre sucio, despeinado y con la mejilla morada. Don Raúl, un hombre cristiano dejó caer el martillo para ir en auxilio de un desconocido. Lo metió a su casa, le dijo a su mujer que le ayude a limpiarlo y a curar sus heridas. Tenía las manos ensangrentadas y la mejilla inflamada, producto de el mismo golpe que había ocasionado ese moretón en el ojo. Intercambiaron un par de palabras. El extraño había sido atacado por un hombre que corría por el bosque. Don Raúl le ofreció refugio por esa noche y lo llevó al taller, donde le dio unas sábanas y un poco de agua. Cerró por fuera.
La familia cenó a la misma hora, dieron gracias por el día y se fueron a su habitación.
4:12 de la mañana. Doña Flor se despertó, bebió agua y fue a ver a sus hijos. Mercedes ya no estaba. Mercedes no volvería.
2:22 de la mañana. Una figura escurridiza sale del taller, carga una mochila, no tiene ningún moretón, no tiene ninguna inflamación en el rostro, está limpio. Rodea la casa caminando de prisa y en total silencio, como si sus pasos no tocaran el pasto debajo de sus pies. Saca una navaja, de un solo movimiento la introduce en la rendija de la ventana y bota el seguro. Abre. Entra.
4.25 de la mañana. Don Raúl se dirige a toda velocidad al taller, con un revólver en la mano. Llega y descubre la puerta abierta. Entra con violencia a la habitación solo para comprobar lo que ya sabía: el extraño al que había auxiliado más temprano ya no estaba. Solo quedaban unas cascaras de cera fundida, que el hombre tenía en su cara, pintados con mucho cuidado de color morado verdoso. Eran los moretones, era la inflamación.
2:46 de la mañana.
—¿Eres un ángel? —preguntó Mercedes a su acompañante.
—Sí.
Caminaban a prisa, esquivando los árboles en lo más profundo del bosque.
Mercedes le tomó la mano a su
ángel.
—El bosque me da miedo.
—A mí también. Y yo me tengo que regresar solo...