lunes, 2 de abril de 2012

De cáncer, tíos y artistas.

Hace años conocí a un señor al que todos apodaban "Tío". Nunca nadie me dijo su nombre. Las monjas que cuidaban el albergue en donde él vivía también lo llamaban así.
Era un hombre joven, de unos 35 o 40 años. Andaba en una silla de ruedas que tenía luces en las llantas y tenía un coche de juguete que imitaba el motor de un coche y el rechinar de las llantas, que hacía funcionar cuando se alejaba de alguien.
Sabía que tenía un tipo de cáncer, que sufría sus tratamientos y que, según los doctores, debía sentir mucho dolor. Nunca lo vi malhumorado. Nunca se quejó de nada. Nunca pregunté más.
Era mi primer año en el seminario. A los nuevos e inexpertos nos daban la tarea de acompañar a las personas que no tienen compañía. 
La tarea era muy sencilla, consistía en escuchar. Esas personas hablan mucho y teníamos que parecer interesados, aunque cada semana nos contaran lo mismo. Era parte de la formación, decían los formadores. 
Tío era diferente, como él decía: "yo no estoy enfermo, solo tengo cáncer y no tengo piernas. Allá hay gente que se está muriendo, allá hay viejos que no recuerdan nada, allá hay niños con parálisis cerebral. Que las monjas vayan a atenderlos a ellos."
El primer día, me acerqué a él y me preguntó si fumaba, le dije que sí y me ofreció un cigarro a cambio de mi silencio y cooperación. Fuimos a la parte de atrás del jardín y fumamos y platicamos y seguimos fumando. Así se pasó toda la tarde. 
Así fueron los siguientes cinco sábados. Fumábamos y hablábamos de la vida, de sus decisiones y las mías; hablamos de fútbol, de política, de mujeres. Nunca de enfermedades, porque él no estaba enfermo.
Un sábado llegué y él no estaba. Fui a averiguar qué había pasado y me dijeron que su hermana se lo había llevado a vivir con ella. 
Hoy lo vi en el mercado. Platicamos poco, me dijo que trabaja en un despacho de contabilidad capturando información, que está saliendo con una chica y que ya no tiene nada, porque según él, nunca lo tuvo. Se despidió y se alejó con ese peculiar sonido de un auto acelerando, sonreí. Y me gritó.
—¿Qué te decía siempre? ¿Lo ves? ¿Ahora me crees?
Se dio la vuelta y siguió su camino. Murmuré para mí eso que siempre me decía: "Eres el artista de tu propia vida".

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