sábado, 4 de mayo de 2013

Historia incompleta II: fútbol y malas noticias.


Vamos a ubicarnos en 1993 o 1994. En realidad no recuerdo el año, así que siéntanse libres de elegir.
Davidcito tendría entre seis o siete años. Era un polluelo que todavía no había visto Volver al Futuro y no le había dolido nada por culpa del amor. Y sí, injustamente culpo al amor, porque no puedo culpar a quien alguna vez quise o quiero. En fin... ¿en dónde estaAh, sí. Les platico qué era importante para mí en esa época: Los Caballeros del Zodiaco, Mazinger Z, mi familia y crecía un afecto por el soccer. Junto con este afecto por el fut, nació también mi admiración por ese portero de disfraz chistoso, que mi mamá definía como un payaso jugando fútbol, pero que hacía movimientos muy vistosos y era altamente eficiente. Me repitieron el nombre como mil veces, pero lo único que mi cerebro retenía era a la pandilla de Don Gato. Era Jorge Campos. Sí, en ese tiempo no parecía tan pendejo porque no hablaba en cadena nacional, solo portereaba.

Le pedí a mi mamá que me inscribiera a un equipo porque quería ser portero, estaba chavo y se me hizo fácil. En realidad, muy fácil. Me hice portero titular, me lanzaba por la pelota a la menor provocación y usaba gorra, como aprendí de Benji Price.

Malas noticias I: el primer partido y el ego.

Bueno, resulta que también era muy bueno con el balón en los pies y no solo de portero. Pero Davidcito a huevo quería porterear. Llegó el día del primer partido. Comenzó todo bien, hasta que hicieron el primer tiro a la portería de David, quien creyéndose mucho, la quiso parar con el pie y se le fue entre las piernas. Gol. Gol en su portería. Coño. Todos le gritaban que podía meter las manos y él solo se enojó más. Segundo tiempo, un tiro que picó antes, la quiso patear, la rozó y gol. De nuevo. ¡Putamadre! Cambiaron a Davidcito y lo sentaron. Oh, frustración y lágrimas.

Después de ese desafortunado partido empezó a meter sus manitas y no le volvieron a anotar.

Malas noticias II: el roto, el roto y el roto.

Nos adelantamos al 2005-2006. Crack, ligamento cruzado anterior distendido, meniscos inflamados y no sé qué tanto más.
Les describo la rodilla de David: parecía una toronja. Les describo el dolor: a la verga.
La recomendación del médico fue reposo 4 meses. David, ególatra y soberbio como siempre, pensó que ya estaba bien y se le hizo fácil volver a jugar. Se volvió a lastimar. Loop por cuatro veces. No me lean con esa cara. Hasta esa época, el fútbol era una de las cosas que más disfrutaba en la vida.
La última vez, llegó al doctor y me dijo: "Ya no puedes seguir jugando si quieres caminar". Y dejé de jugar.

Malas noticias III: el cambio de vida, el fútbol y "la última y nos vamos".

Terminó la preparatoria e ingresó a estudiar actuaría en la facultad de matemáticas. El joven David decidió salir para entrar a seminario. Decisión que aún se recrimina y cuestiona, sin arrepentirse. Davidcito tiene algo con el arrepentimiento pero se los platicaré en otra ocasión. Volvamos al seminario. Habían pasado casi tres años desde la última lesión y había dejado los dos equipos de fútbol e incluso muchos de sus amigos dejaron de hablar con él por eso. Los otros le dieron la espalda al entrar al seminario. El seminario funciona ordenadamente gracias a la rutina, cosa que David agradeció a Zeus. (?!). Bueno, dentro del horario estaba una hora dedicada al deporte. Todos los días. Hacía tres años que David no hacía nada de deporte, nada. Estaba, evidentemente, fuera de forma. Pasaron diez días antes de la catástrofe.
El pasto estaba húmedo y los ánimos calientes, se había generado mucha tensión en esos días y el deporte es  la forma en la que el seminarista promedio libera su enojos y chingaderas. ¿Cómo? Partiéndole la madre, eso sí, con mucho amor cristiano y fraternal, al prójimo del equipo contrario. Esa noche, tocó el balón dos veces.
1. Un pase largo que recibió de espaldas a la portería, le ganó la espalda al defensa. Con la gracia de un brasileño, hizo una recepción dirigida, quedando de frente a la portería y con la fuerza de un alemán disparó para clavarla en el ángulo. Le hubiera pedido un autógrafo por tan chingón gol.
2. No recuerdo cómo le llegó el balón ni porqué el contrario estaba el suelo, pero picó la pelota por encima de él y lo brincó. Lo brincó. Todo bien hasta acá. Todo bien mientras caía. Todo mal cuando cayó y apoyó la pierna derecha, dejando su peso en ella. ¿Les dije que la cancha estaba mojada? Sintió que se resbaló un centímetro y eso hizo que la rodilla sostenga el peso de su cuerpo de manera incorrecta. Solo sintió que algo se rompió, perdió la fuerza en toda la pierna y cayó. Se revolcó de dolor. Dijo todos los insultos que sabe en español, inglés, alemán, latín y maya. Ese pobre ligamento cruzado anterior, ya maltratado,  no pudo más y se rompió. Estuvo tres meses con muletas y cuatro más con bastón. El frío hace que duela mucho.

Malas noticias IV: Dolor.
Nunca volví a jugar con la misma fuerza ni nada, me limitaba a pasar cuando me llegaba el balón. ¿Me duele? Duele más saber que no puedo seguir corriendo ni patear con fuerza. Duele más saber todos los goles que no metí. Tan parecido al amor.

Fin, por ahora.

domingo, 10 de marzo de 2013

Historia incompleta I




Les presento a mi pasado: tiene todo lo que bien o mal le he dado. Allá al fondo se ve todo lo que aprendí de lo que mis papás intentaron enseñarme, esas son las bases. También se ve lo que aprendí por mi cuenta y que también es causa de mi porqués. Todos esos colores que se ven, pertenecen a mi infancia. Si se ven raspados es porque de niño corrí mucho, me subía a todos los árboles y me caí cientos de veces. Ah, y no está húmedo, son lágrimas. Y las hay de todo tipo; están las que salen cuando reí mucho, con mis amigos o mi familia; las de felicidad, como cuando nació mi hermanito o un encuentro bonito; esas que brillan mucho son las lágrimas tristes. Esas son especiales, esas no solo liberan, lavan. He llorado mucho porque he sentido mucho. Aún lloro cuando recuerdo al amigo que falleció hace algunos años, cuando recuerdo el sentimiento de frustración con una decisión mal tomada, también las despedidas. Ese es mi pasado. Tal vez no te guste, pero es mío, y más importante aún, forma parte de mí, no lo niego ni lo haré, no lo quiero cambiar, porque me define, me hace ser lo que soy.

A ese niño de doce años que ven allá, sentado en una esquina, es el David de hace años. Jugaba bien fútbol, era buen portero, no decía groserías y nunca se enojaba. Quería ser futbolista profesional, después pensó que sería un excelente cronista deportivo. Ya le dije que no lo va a ser. Solo me sonrío y me dijo: "no pasa nada, ya vi lo que va a ser de nosotros y no lo cambiaría". Siempre supo cómo consolar.

Ya les presentaré a los demás David.

miércoles, 9 de enero de 2013

De montañas rusas y Jaimitos.

"Préstame un poco de barba para mi pelona, cabrón", me saludó Jaime, un viejo amigo mi papá. Solo me reí, es que sí lo necesita, el señor ya está viejillo y está quedando calvo.

Cada vez que papá o mamá hacían referencia a ese popular dicho que reza: "la vida es como una montaña rusa, a veces estás arriba; otras veces, estás abajo y te lleva la chingada", inevitablemente mencionan a Jaimito. Y es que sí es un buen ejemplo. El señor era empleado federal de aeropuerto de Cancún, ganaba muy bien, tenia una familia que lo quería mucho y un futuro prometedor. También era alcohólico. Las cosas empezaron a ir mal cuando perdió el trabajo y los pocos pesos que tenía les ponía vodka, hielo y se los tomaba. Eventualmente, su familia lo dejó. Ahora es taxista, compró una camioneta y lleva gente de un pueblo a otro. La camioneta también está vieja y calva, tiene muchos detalles y le quita mucho dinero. El alcoholismo, además de dejarlo sin familia ya lo dejó cojo. No sé bien qué le pasó en el pie, pero cojea. 

¿En qué estaba? Ah, claro. Está pelón y yo hace casi un mes que no me afeito. 

Vino a visitar a mi papá, que es de los pocos amigos que aún tiene. Me preguntó por la escuela, por el trabajo, que cuándo voy a ver a mi novia de nuevo. Casual. 

Jaime puede estar muy jodido, pero no deja de ser gracioso ni deja de sonreír por la vida. Es consciente de sus errores y que arrastra el peso de sus pecados. Los acepta. Son suyos, así como lo son sus circunstancias. 

Compartimos un refresco, una torta de carne, reímos y se despidió. 

Se ve feliz, tranquilo y en paz. Mi papá dice que hace muchos años que no lo veía así. 

Yo me pregunto en qué parte de la montaña rusa estará.

martes, 12 de junio de 2012

De las palabras en silencio

Sonó el despertador, eran las 6:30.
Me revolví entre las sábanas y apagué el celular. 
Entonces reaccioné.
Esa habitación no era la mía, ni la cama, ni los muebles, ni nada. Solo se escuchaba el siseo de aire acondicionado y mi respiración. ¿O no era la mía? Me senté para ver bien la habitación que apenas se iluminaba por un haz de luz que se filtraba entre las gruesas cortinas. Definitivamente no estaba en mi habitación. Me recosté suavemente, desorientado. Sentí cómo mi cabeza se hundía en almohada, sin que esta ofreciera resistencia.
Miré el techo. Una leve incertidumbre me comenzaba a inundar. Miré a mi derecha y la vi.
Era ella. Apenas era la primera vez que me despertaba a su lado. Me quedé observándola dormir y sonreí al saberla mía. 
Te amo. Agradezco mucho a la vida el haberte encontrado, el haberte reconocido. Te miro y sé que quiero pasar contigo el resto de mi vida. Nuestra vida.
Me acerqué y le acaricié el cabello.
Conmigo estás segura. Yo te voy a cuidar, amor. Vamos a reescribir la forma de amar. Te amo.
Mientras aún dormía la besé suavemente. Nuestros labios apenas y se tocaron. Entonces abrió los ojos y se hizo mi luz. Me miró, me sonrió y me besó. 
Me supe amado, seguro; supe que lo que teníamos sería para toda nuestra vida. 
Ninguno dijo nada; los dos entendimos todo.
La abracé y nos recostamos para dormir cinco minutos más.
Eran las 6:33.

sábado, 26 de mayo de 2012

De caminatas.


—Ya me cansé.
—¿Quieres tomar un taxi?
—No. Llegaríamos más rápido y disfruto caminar contigo así, con nuestras manos entrelazadas.
—A mí también me gusta. Me siento parte de ti.
—Parte de nosotros, amor.
—Cierto, nosotros. Nunca había sido nosotros.
—Lo sé. Yo te voy a enseñar.
—¿Cómo?
—Con el ejemplo.
—¿Y si no aprendo? ¿Y si no entiendo?
—No dejaré de enseñarte, cabeza dura, porque te amo.
—Yo también te amo. Pero...
—¿Qué pasa?
—No sé cómo ser parte de un equipo. Tengo miedo de lastimarte.
—Todo estará bien, amor. Te lo prometo... ¿Ves? Ya estás sonríendo.
—Sonrío porque te amo.
—Mira, ya llegamos.
—Cierto, ni estábamos tan lejos.