sábado, 26 de mayo de 2012

De caminatas.


—Ya me cansé.
—¿Quieres tomar un taxi?
—No. Llegaríamos más rápido y disfruto caminar contigo así, con nuestras manos entrelazadas.
—A mí también me gusta. Me siento parte de ti.
—Parte de nosotros, amor.
—Cierto, nosotros. Nunca había sido nosotros.
—Lo sé. Yo te voy a enseñar.
—¿Cómo?
—Con el ejemplo.
—¿Y si no aprendo? ¿Y si no entiendo?
—No dejaré de enseñarte, cabeza dura, porque te amo.
—Yo también te amo. Pero...
—¿Qué pasa?
—No sé cómo ser parte de un equipo. Tengo miedo de lastimarte.
—Todo estará bien, amor. Te lo prometo... ¿Ves? Ya estás sonríendo.
—Sonrío porque te amo.
—Mira, ya llegamos.
—Cierto, ni estábamos tan lejos.


lunes, 30 de abril de 2012

De bosques, ángeles y miedo.

Era un pequeño pueblo a las afueras de un bosque.
El ambiente estaba tenso. De la ciudad llegaban los rumores y las historias de aquel asesino al que las autoridades aún no habían podido capturar.
Ayer habían encontrado otro cuerpo. Las condiciones del cadáver, reservadas para las autoridades. La víctima, un hombre de edad avanzada. El método, el mismo. El ambiente estaba tenso.
Don Raúl era el herrero del pueblo, había destinado una parte de su casa para poner un modesto taller en el que trabajaba para llevar el pan a la mesa de su familia. Doña Flor, su esposa, una mujer de mediana edad dedicada a las labores caseras y educar a sus hijos. Martín y Mercedes, de 8 y 5 años respectivamente.
Ya terminaba el día, el crepúsculo se comenzaba a diluir con la oscuridad nocturna. Don Raúl ya estaba cerrando sus ventanas para ir a cenar y descansar con su familia cuando escuchó un golpe sordo en una de las paredes de madera. Tomó un enorme martillo que manejaba con mucha facilidad, producto del trabajo diario, y salió del taller. Descubrió a un hombre sucio, despeinado y con la mejilla morada. Don Raúl, un hombre cristiano dejó caer el martillo para ir en auxilio de un desconocido. Lo metió a su casa, le dijo a su mujer que le ayude a limpiarlo y a curar sus heridas. Tenía las manos ensangrentadas y la mejilla inflamada, producto de el mismo golpe que había ocasionado ese moretón en el ojo. Intercambiaron un par de palabras. El extraño había sido atacado por un hombre que corría por el bosque. Don Raúl le ofreció refugio por esa noche y lo llevó al taller, donde le dio unas sábanas y un poco de agua. Cerró por fuera.
La familia cenó a la misma hora, dieron gracias por el día y se fueron a su habitación.

4:12 de la mañana. Doña Flor se despertó, bebió agua y fue a ver a sus hijos. Mercedes ya no estaba. Mercedes no volvería.

2:22 de la mañana. Una figura escurridiza sale del taller, carga una mochila, no tiene ningún moretón, no tiene ninguna inflamación en el rostro, está limpio. Rodea la casa caminando de prisa y en total silencio, como si sus pasos no tocaran el pasto debajo de sus pies. Saca una navaja, de un solo movimiento la introduce en la rendija de la ventana y bota el seguro. Abre. Entra.

4.25 de la mañana. Don Raúl se dirige a toda velocidad al taller, con un revólver en la mano. Llega y descubre la puerta abierta. Entra con violencia a la habitación solo para comprobar lo que ya sabía: el extraño al que había auxiliado más temprano ya no estaba. Solo quedaban unas cascaras de cera fundida, que el hombre tenía en su cara, pintados con mucho cuidado de color morado verdoso. Eran los moretones, era la inflamación.

2:46 de la mañana.
—¿Eres un ángel? —preguntó Mercedes a su acompañante.
—Sí.
Caminaban a prisa, esquivando los árboles en lo más profundo del bosque.
Mercedes le tomó la mano a su ángel.
—El bosque me da miedo.
—A mí también. Y yo me tengo que regresar solo...

lunes, 2 de abril de 2012

De cáncer, tíos y artistas.

Hace años conocí a un señor al que todos apodaban "Tío". Nunca nadie me dijo su nombre. Las monjas que cuidaban el albergue en donde él vivía también lo llamaban así.
Era un hombre joven, de unos 35 o 40 años. Andaba en una silla de ruedas que tenía luces en las llantas y tenía un coche de juguete que imitaba el motor de un coche y el rechinar de las llantas, que hacía funcionar cuando se alejaba de alguien.
Sabía que tenía un tipo de cáncer, que sufría sus tratamientos y que, según los doctores, debía sentir mucho dolor. Nunca lo vi malhumorado. Nunca se quejó de nada. Nunca pregunté más.
Era mi primer año en el seminario. A los nuevos e inexpertos nos daban la tarea de acompañar a las personas que no tienen compañía. 
La tarea era muy sencilla, consistía en escuchar. Esas personas hablan mucho y teníamos que parecer interesados, aunque cada semana nos contaran lo mismo. Era parte de la formación, decían los formadores. 
Tío era diferente, como él decía: "yo no estoy enfermo, solo tengo cáncer y no tengo piernas. Allá hay gente que se está muriendo, allá hay viejos que no recuerdan nada, allá hay niños con parálisis cerebral. Que las monjas vayan a atenderlos a ellos."
El primer día, me acerqué a él y me preguntó si fumaba, le dije que sí y me ofreció un cigarro a cambio de mi silencio y cooperación. Fuimos a la parte de atrás del jardín y fumamos y platicamos y seguimos fumando. Así se pasó toda la tarde. 
Así fueron los siguientes cinco sábados. Fumábamos y hablábamos de la vida, de sus decisiones y las mías; hablamos de fútbol, de política, de mujeres. Nunca de enfermedades, porque él no estaba enfermo.
Un sábado llegué y él no estaba. Fui a averiguar qué había pasado y me dijeron que su hermana se lo había llevado a vivir con ella. 
Hoy lo vi en el mercado. Platicamos poco, me dijo que trabaja en un despacho de contabilidad capturando información, que está saliendo con una chica y que ya no tiene nada, porque según él, nunca lo tuvo. Se despidió y se alejó con ese peculiar sonido de un auto acelerando, sonreí. Y me gritó.
—¿Qué te decía siempre? ¿Lo ves? ¿Ahora me crees?
Se dio la vuelta y siguió su camino. Murmuré para mí eso que siempre me decía: "Eres el artista de tu propia vida".

jueves, 29 de marzo de 2012

De recuerdos.

Recuerdo cuando llegó, se bajó del avión, le tomé las manos y la besé. Hubieron risas, carcajadas, chistes locales, apodos y todas esas cosas que nos hacen sonreír y enamorarnos.Recorrimos todo lo recorrible, desde la ciudad hasta nuestros cuerpos. Hubo noches de pasión y frenesí; otras, solo hablábamos, como queriendo conocernos completos. Caminábamos tomados de la mano, que es la expresión externa de lo unidos que estamos y estaremos.

Recuerdo cuando yo llegué, bajé del avión, me rodeó con sus brazos y me besó. Seguimos riendo a carcajadas, chistes locales, apodos y todas esas cosas que nos hacen sonreír y enamorarnos. Visitamos sus bares, museos, cafeterías y casi cualquier lugar al que ella le agregara "favorito" después del nombre. También visitamos nuestros cuerpos; también nos desvelamos platicando, escuchando, conociendo y reconociendo.

Todo esto aún no ha pasado. Hoy son deseos, pero mañana serán recuerdos.

Para ti, Aidee.

viernes, 9 de marzo de 2012

De vecinas, goles y cambios.

"Figo con la pelota, manda un pase cruzado para Zidane, que recibe el balón como los dioses. Levanta la mirada se quita a un rival, hace un túnel y la toca para Ronaldo. Regatea con velocidad y filtra para Raúl González, retrasa para Zidane. Zidane le pega, ¡gol! ¡GOOOOOOOOOOOOOOOOL! ¡Impresionante, Zinedine Zidane! ¡GOOOOOOOOOOOOL!"
Así gritaba David. Él disfrutaba jugar futbol en el patio de su casa y comentar el partido al mismo tiempo. Tenía doce. A esa edad, uno le ve cara de portería a cualquier cosa: a las patas de las sillas del comedor, a un par de marcas en la pared del patio, a dos piedras en la calle... A cualquier cosa.
El estadio del patio de mi casa no era tan pequeño y mi portería estaba en la pared más alta. Sin embargo, del otro lado del terreno, el muro no es tan alto. 
Había ocasiones en las que Solari le pasaba el balón a Figo, y éste remataba con tal fuerza, que el balón salía por la pared baja del estadio.
Ese era un problema.
Doña Lety y don NuncaSupeSuNombre vivían en la casa de junto. A él nunca lo vi, a ella prefería no verla. Cada vez que una pelota salía del estadio de mi patio por la pared baja,  no volvería a servir para jugar futbol. Doña Lety los tomaba, les hacía un hueco y los tiraba de vuelta. Sí, les hacía un hueco. Por otro lado, don NuncaSupeSuNombre se limitaba a toser muy fuerte y a gritarle a su esposa.
Un día mi mamá me dijo que el señor falleció.
Otro día, mis amigos fueron a mi casa, pusimos unas piedras a la mitad de la calle para simular las porterías y comenzó uno de los partidos más difíciles de ese año. A mitad del partido salió doña Lety de su casa y se fue a comprar. Nuestro juego se interrumpió para que la señora pase. Después continuamos.  
Salieron algunas niñas a ver nuestro partido y una que otra mamá.
Estábamos tan concentrados en nuestro juego que no vimos que doña  Lety ya regresaba. 
Un pase errado y el balón rodó lentamente hacía los pies de mi vecina. Detuvo la pelota con el pie y, con un poco de torpeza, pateó hacia la portería. 
Gol.
¡Gol!
¡GOOOOOOOL!
Gritó. Después río mucho. Muchísimo. Nos dijo algo que nadie recuerda porque habíamos quedad atónitos por lo que acabábamos de ver.
Esa fue la primera vez que doña Lety se comportaba diferente. Se veía diferente. Sonreía.
Hoy, veinte años después, platica con todas las vecinas, con todos los que fuimos niños, con el que vende agua, con el que lleva el periódico, con el cartero...
En fin...
Yo ya dejé de jugar en el patio. Las patas de las sillas, son patas; las piedras en la calle, son piedras; las marcas en la pared, solo son marcas. 
Mi estadio ya no es tan grande como antes.
Ahora lo es para mi hermanito. Tiene doce.