viernes, 9 de marzo de 2012

De vecinas, goles y cambios.

"Figo con la pelota, manda un pase cruzado para Zidane, que recibe el balón como los dioses. Levanta la mirada se quita a un rival, hace un túnel y la toca para Ronaldo. Regatea con velocidad y filtra para Raúl González, retrasa para Zidane. Zidane le pega, ¡gol! ¡GOOOOOOOOOOOOOOOOL! ¡Impresionante, Zinedine Zidane! ¡GOOOOOOOOOOOOL!"
Así gritaba David. Él disfrutaba jugar futbol en el patio de su casa y comentar el partido al mismo tiempo. Tenía doce. A esa edad, uno le ve cara de portería a cualquier cosa: a las patas de las sillas del comedor, a un par de marcas en la pared del patio, a dos piedras en la calle... A cualquier cosa.
El estadio del patio de mi casa no era tan pequeño y mi portería estaba en la pared más alta. Sin embargo, del otro lado del terreno, el muro no es tan alto. 
Había ocasiones en las que Solari le pasaba el balón a Figo, y éste remataba con tal fuerza, que el balón salía por la pared baja del estadio.
Ese era un problema.
Doña Lety y don NuncaSupeSuNombre vivían en la casa de junto. A él nunca lo vi, a ella prefería no verla. Cada vez que una pelota salía del estadio de mi patio por la pared baja,  no volvería a servir para jugar futbol. Doña Lety los tomaba, les hacía un hueco y los tiraba de vuelta. Sí, les hacía un hueco. Por otro lado, don NuncaSupeSuNombre se limitaba a toser muy fuerte y a gritarle a su esposa.
Un día mi mamá me dijo que el señor falleció.
Otro día, mis amigos fueron a mi casa, pusimos unas piedras a la mitad de la calle para simular las porterías y comenzó uno de los partidos más difíciles de ese año. A mitad del partido salió doña Lety de su casa y se fue a comprar. Nuestro juego se interrumpió para que la señora pase. Después continuamos.  
Salieron algunas niñas a ver nuestro partido y una que otra mamá.
Estábamos tan concentrados en nuestro juego que no vimos que doña  Lety ya regresaba. 
Un pase errado y el balón rodó lentamente hacía los pies de mi vecina. Detuvo la pelota con el pie y, con un poco de torpeza, pateó hacia la portería. 
Gol.
¡Gol!
¡GOOOOOOOL!
Gritó. Después río mucho. Muchísimo. Nos dijo algo que nadie recuerda porque habíamos quedad atónitos por lo que acabábamos de ver.
Esa fue la primera vez que doña Lety se comportaba diferente. Se veía diferente. Sonreía.
Hoy, veinte años después, platica con todas las vecinas, con todos los que fuimos niños, con el que vende agua, con el que lleva el periódico, con el cartero...
En fin...
Yo ya dejé de jugar en el patio. Las patas de las sillas, son patas; las piedras en la calle, son piedras; las marcas en la pared, solo son marcas. 
Mi estadio ya no es tan grande como antes.
Ahora lo es para mi hermanito. Tiene doce.

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