Mi papá ha
trabajado, de toda la vida (al menos la mía), en Mérida y Cancún. El viejo es
ingeniero en electrónica sin título (esa es otra gran historia para contar), y
tiene talleres de mantenimiento, servicio y reparación deBasta con la
publicidad a mi papá… Ejem, les decía… Ah, sí; mi familia constantemente viaja
a Cancún y luego de regreso a Mérida, y pues uno se encariña con las cosas. En
Puerto Juárez había un barco grandísimo en la arena. Sí, leíste bien, en la
playa. Resulta que el huracán Gilberto se cacheteó a Cancún y sacó muchos
barcos del mar. Yo solo pensaba: “madres, si están fuertes esos huracanes”. Ese
fue mi primer acercamiento a un huracán. Tenía como seis u ocho años.
Siempre nos
pasa lo mismo: llega la temporada de huracanes, todos en la escuela queremos
que se suspendan las clases, el huracán se desvía y le rompe la madre o a Cuba
o a Miami. Nunca se suspendían las clases. Bah. Todo iba bien hasta que ¡ZAZ! Nos
tocó uno que no se desvío. El huracán hijodelachingada se llamaba “Isidoro”,
hasta el nombre tenía feo.
Septiembre,
2002.- Las alertas se dividen en diferentes colores, pero como siempre llegamos
al naranja, arañando el rojo, y nunca pasa nada, pues la gente no hace nada. Nada.
Y así las alertas cambiaron de color, las escuchábamos en el radio, en español
y maya, eso sí. Y de repente nos dimos cuenta de que el cabrón de Isidoro ya
había llegado y compras de pánico, súpers vacíos, precios sobreinflados, hijos
de la chingada en las calles y yo, con mi familia, en mi casa, viendo tele y
con comida suficiente para sobrevivir al apocalipsis zombi. Mamá es una mujer
prevenida. El huracán iba a dejarse sentir como a las seis o siete de la noche,
pero a las tres de la tarde me quedé sin luz. Resulta que había un árbol enorme
al final de mi calle y para que las raíces no levanten la banqueta, se las
cortaron. Oh, dios: mándame pena y dolor… mándame males ajenos… pero lidiar con
pendBueno, continúo. A las tres de la tarde, un vientecillo tiró al pinche
árbol sobre el poste de luz y balimos berga para toda la bida. Se empezó a
sentir y con fuerza; el aire retumbaba en las paredes y ventanas, el agua se
metía por donde no sabíamos que se podía meter y el árbol de aguacate de mi
patio (sí, tengo un árbol de guacamole, putos), se meneaba peligrosamente al
compás del huracán. Cayó la noche y la tormenta seguía. Cuando al día siguiente
había pasado, salimos y vimos que era imposible llegar al taller de papá en
coche. Como Indiana Jones lo hubiera querido, nos subimos a nuestras bicicletas
y nos fuimos. ¡Qué espectáculo! Todo era un desmadre, como si mi hermanita
hubiera sido la que acomodó las cosas. Había cristales, árboles, pedazos de
algo y mucho más en la calle y teníamos que evitarlas. Llegamos al taller, todo
bien. Regresamos a casa, todo bien. Supimos que en Cancún solo lloviznó y nos
lanzamos. Tuve una semana de vacaciones en Cancún, con luz y sin tormenta.
Octubre,
2005.- Ya habíamos superado el trauma que Isidoro había dejado, ya casi ningún
yucateco temblaba cuando escuchaban huraDigo, “el sistema meteorológico que no
debe ser nombrado”. En eso, a una vieja loca, llamada “Wilma” se le hizo fácil
formarse en el Atlántico, y arremeter con todos sus ovarios contra la
península, de nuevo. Esta vez los afectados fueron Cancún y Cozumel. Yo en
Mérida, el huracán allá. La cosa estuvo en que la loca de Wilma se detuvo en Cozumel
a partirles la madre y no seguía avanzado. Cuando por fin había pasado, Cancún
quedó en muy malas condiciones. Papá y yo nos subimos al coche y nos lanzamos
con agua y comida para nuestra familia. No llegamos. A medio camino, en el
pueblito NoRecuerdoSuNombre, la carretera estaba totalmente inundada. Nos dimos
la vuelta y regresamos, solo para que mi papá se fuera de nuevo con un señor
que tenía una camionetotota que, por lo que entiendo, también era submarino.
Afortunadamente
para mi familia, no pasó nada más allá de unos cristales rotos y un poco de
agua adentro de la casa. Nadie de mis seres queridos sufrió una desgracia, pero
sí hubo muchos más que sí.
Y, finalmente,
la gente sigue sin tenerle miedo a los huracanes, al menos los yucatecos. Al
menos yo. ¿Huracán? Mñé, mucho ruido y pocas nueces, casi siempre son ese perro
que ladra mucho y no muerde. ¿Quieren que entre en pánico cual colegiala? No me
digan que está temblando porque MIEDO.
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