jueves, 3 de octubre de 2013

Árbol de guacamole, desgracias y vacaciones.

      Mi papá ha trabajado, de toda la vida (al menos la mía), en Mérida y Cancún. El viejo es ingeniero en electrónica sin título (esa es otra gran historia para contar), y tiene talleres de mantenimiento, servicio y reparación deBasta con la publicidad a mi papá… Ejem, les decía… Ah, sí; mi familia constantemente viaja a Cancún y luego de regreso a Mérida, y pues uno se encariña con las cosas. En Puerto Juárez había un barco grandísimo en la arena. Sí, leíste bien, en la playa. Resulta que el huracán Gilberto se cacheteó a Cancún y sacó muchos barcos del mar. Yo solo pensaba: “madres, si están fuertes esos huracanes”. Ese fue mi primer acercamiento a un huracán. Tenía como seis u ocho años.
Siempre nos pasa lo mismo: llega la temporada de huracanes, todos en la escuela queremos que se suspendan las clases, el huracán se desvía y le rompe la madre o a Cuba o a Miami. Nunca se suspendían las clases. Bah. Todo iba bien hasta que ¡ZAZ! Nos tocó uno que no se desvío. El huracán hijodelachingada se llamaba “Isidoro”, hasta el nombre tenía feo.
Septiembre, 2002.- Las alertas se dividen en diferentes colores, pero como siempre llegamos al naranja, arañando el rojo, y nunca pasa nada, pues la gente no hace nada. Nada. Y así las alertas cambiaron de color, las escuchábamos en el radio, en español y maya, eso sí. Y de repente nos dimos cuenta de que el cabrón de Isidoro ya había llegado y compras de pánico, súpers vacíos, precios sobreinflados, hijos de la chingada en las calles y yo, con mi familia, en mi casa, viendo tele y con comida suficiente para sobrevivir al apocalipsis zombi. Mamá es una mujer prevenida. El huracán iba a dejarse sentir como a las seis o siete de la noche, pero a las tres de la tarde me quedé sin luz. Resulta que había un árbol enorme al final de mi calle y para que las raíces no levanten la banqueta, se las cortaron. Oh, dios: mándame pena y dolor… mándame males ajenos… pero lidiar con pendBueno, continúo. A las tres de la tarde, un vientecillo tiró al pinche árbol sobre el poste de luz y balimos berga para toda la bida. Se empezó a sentir y con fuerza; el aire retumbaba en las paredes y ventanas, el agua se metía por donde no sabíamos que se podía meter y el árbol de aguacate de mi patio (sí, tengo un árbol de guacamole, putos), se meneaba peligrosamente al compás del huracán. Cayó la noche y la tormenta seguía. Cuando al día siguiente había pasado, salimos y vimos que era imposible llegar al taller de papá en coche. Como Indiana Jones lo hubiera querido, nos subimos a nuestras bicicletas y nos fuimos. ¡Qué espectáculo! Todo era un desmadre, como si mi hermanita hubiera sido la que acomodó las cosas. Había cristales, árboles, pedazos de algo y mucho más en la calle y teníamos que evitarlas. Llegamos al taller, todo bien. Regresamos a casa, todo bien. Supimos que en Cancún solo lloviznó y nos lanzamos. Tuve una semana de vacaciones en Cancún, con luz y sin tormenta.
Octubre, 2005.- Ya habíamos superado el trauma que Isidoro había dejado, ya casi ningún yucateco temblaba cuando escuchaban huraDigo, “el sistema meteorológico que no debe ser nombrado”. En eso, a una vieja loca, llamada “Wilma” se le hizo fácil formarse en el Atlántico, y arremeter con todos sus ovarios contra la península, de nuevo. Esta vez los afectados fueron Cancún y Cozumel. Yo en Mérida, el huracán allá. La cosa estuvo en que la loca de Wilma se detuvo en Cozumel a partirles la madre y no seguía avanzado. Cuando por fin había pasado, Cancún quedó en muy malas condiciones. Papá y yo nos subimos al coche y nos lanzamos con agua y comida para nuestra familia. No llegamos. A medio camino, en el pueblito NoRecuerdoSuNombre, la carretera estaba totalmente inundada. Nos dimos la vuelta y regresamos, solo para que mi papá se fuera de nuevo con un señor que tenía una camionetotota que, por lo que entiendo, también era submarino.
Afortunadamente para mi familia, no pasó nada más allá de unos cristales rotos y un poco de agua adentro de la casa. Nadie de mis seres queridos sufrió una desgracia, pero sí hubo muchos más que sí.
Y, finalmente, la gente sigue sin tenerle miedo a los huracanes, al menos los yucatecos. Al menos yo. ¿Huracán? Mñé, mucho ruido y pocas nueces, casi siempre son ese perro que ladra mucho y no muerde. ¿Quieren que entre en pánico cual colegiala? No me digan que está temblando porque MIEDO.
         

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