lunes, 5 de agosto de 2013

Hostales, huéspedes y vampiros.

     Saben que soy de Mérida, pero mi familia tiene una casa en Cancún porque mis papás acá empezaron a trabajar por su patrimonio. Toda una historia, eh. Algún día se las contaré. El caso es que en frente del depa hay un edificio de cuatro pisos con pequeños cuartos con baños que hace diez años fue rescatado por una señora que lo convirtió en un modesto hostal. Ahí trabajo. Conocemos a la señora de hace años y ella a nosotros y necesitaba un recepcionista con inglés y que sea de confianza y ¡PUM! Aquí estoy. Pasa algo chistoso con sus recepcionistas: un peruano que masca el inlgés y no sabe nada de computación y una señora que ni inglés ni computación. La segunda hace el turno de media noche a ocho de la mañana, horas en las que no habla con nadie ni necesita hacer nada más que doblar sábanas y toallas… En fin.

     Platico mucho, con todos. Le caigo bien a la gente y me he hecho de algunas amistades, colombianos y cubanos, que me han ofrecido alojamiento en sus casas cuando vaya a su país. Porque, eso sí, quiero conocer todos los países del mundo. Una tarde, a eso de las 7:30, llegó una chica con un niño de unos tres años. La chica: guapa. El niño: escandaloso, como todos los niños del mundo mundial. Todo estaba bien hasta que habló. ¡Jesucristo bendito, resucitado y restaurado por doña Cecilia! Pensé que mi imaginación me jugó una broma y le pregunté algo tonto para obligarla a hablar y me di cuenta de que ni imaginación ni broma. La chica tenía los dientes operados, modificados o qué sé yo cómo se diga, pero tenía colmillos de vampiro. Oh, sí. Entonces, fiel observante de los secretos que esconden los detalles de la vida, agudicé la vista y vi en su cuello un tatuaje: dos puntos rojos (muy conveniente como mordida de vampiro) y dos hilos de sangre como saliendo de las heridas. Me dio la espalda y di un paso a la izquierda, para ver el espejo que hay en el lobby y afortunadamente sí vi su reflejo. Fiuf. Hicimos el check inn, le expliqué las cosas que hay que explicar, y subió a su habitación. Después me enteré de que a media noche sale a trabajar y regresa antes de que salga el soNocierto, regresa a las 8 de la mañana. Mi curiosidad no pudo vivir sin saber y le pregunté. Resulta que trabaja en shows de unos antros de la zona hotelera y que están acá en esta temporada para luego ir  a Guadalajara. Me dijo que la gente la discrimina por su aspecto y le dije que no me imaginaba por qué. Se rió y le volví a ver los dientes y yo no me reí. A las cuatro noches se fue.

     ¡Ah! El niño, su hijo, se llama Lestat. Que no mame. 

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