Saben
que soy de Mérida, pero mi familia tiene una casa en Cancún porque mis papás
acá empezaron a trabajar por su patrimonio. Toda una historia, eh. Algún día se
las contaré. El caso es que en frente del depa hay un edificio de cuatro pisos
con pequeños cuartos con baños que hace diez años fue rescatado por una señora
que lo convirtió en un modesto hostal. Ahí trabajo. Conocemos a la señora de
hace años y ella a nosotros y necesitaba un recepcionista con inglés y que sea
de confianza y ¡PUM! Aquí estoy. Pasa algo chistoso con sus recepcionistas: un
peruano que masca el inlgés y no sabe nada de computación y una señora que ni
inglés ni computación. La segunda hace el turno de media noche a ocho de la
mañana, horas en las que no habla con nadie ni necesita hacer nada más que
doblar sábanas y toallas… En fin.
Platico
mucho, con todos. Le caigo bien a la gente y me he hecho de algunas amistades,
colombianos y cubanos, que me han ofrecido alojamiento en sus casas cuando vaya
a su país. Porque, eso sí, quiero conocer todos los países del mundo. Una
tarde, a eso de las 7:30, llegó una chica con un niño de unos tres años. La
chica: guapa. El niño: escandaloso, como todos los niños del mundo mundial. Todo
estaba bien hasta que habló. ¡Jesucristo bendito, resucitado y restaurado por
doña Cecilia! Pensé que mi imaginación me jugó una broma y le pregunté algo
tonto para obligarla a hablar y me di cuenta de que ni imaginación ni broma. La
chica tenía los dientes operados, modificados o qué sé yo cómo se diga, pero
tenía colmillos de vampiro. Oh, sí. Entonces, fiel observante de los secretos
que esconden los detalles de la vida, agudicé la vista y vi en su cuello un
tatuaje: dos puntos rojos (muy conveniente como mordida de vampiro) y dos hilos
de sangre como saliendo de las heridas. Me dio la espalda y di un paso a la
izquierda, para ver el espejo que hay en el lobby y afortunadamente sí vi su
reflejo. Fiuf. Hicimos el check inn, le expliqué las cosas que hay que
explicar, y subió a su habitación. Después me enteré de que a media noche sale
a trabajar y regresa antes de que salga el soNocierto, regresa a las 8 de la
mañana. Mi curiosidad no pudo vivir sin saber y le pregunté. Resulta que
trabaja en shows de unos antros de la zona hotelera y que están acá en esta
temporada para luego ir a Guadalajara. Me
dijo que la gente la discrimina por su aspecto y le dije que no me imaginaba
por qué. Se rió y le volví a ver los dientes y yo no me reí. A las cuatro
noches se fue.
¡Ah!
El niño, su hijo, se llama Lestat. Que no mame.
No hay comentarios:
Publicar un comentario