viernes, 17 de febrero de 2012

Del árbol más alto del parque.

Estaba perdido.
Me levanté de mi silla favorita del jardín. Solo tenemos dos sillas, pero una es mi favorita. Pero eso no importa. Me levanté porque tenía ganas de fumar y no lo hago en mi casa porque no quiero que mi hermanito me vea haciéndolo. Siempre le digo que es malo fumar, que nunca lo haga.
Salí a caminar y me dirigí al parque de mi colonia. Desde lejos lo vi y recordé. Pero las memorias fueron remplazadas nuevamente por mis pensamientos.
Estaba perdido.
No sabía a dónde quería dirigir mi vida. No recordaba dónde había iniciado mi camino.
Llegué al árbol en el que alguna vez me subí hasta lo más alto. Lo hice cuando era un niño de 8 o 9 años. A esa edad somos indestructibles y lo sabemos, por eso no le tenemos miedo a nada.
Me senté una de las ramas, no en la más baja pero definitivamente no estaba alta.
A mi izquierda vi un niño, sentado junto a mí. Tenía la ropa sucia y las rodillas raspadas. Me sonrió.
A mi derecha, se sentó un hombre como de 40 años. También me sonrió.
Los dos personajes comenzaron a platicar entre ellos, como ignorándome. Me sentí incómodo por estar entre los dos. El pequeño platicaba de sus sueños, de sus deseos. Le dijo que quería ser futbolista y después narrar los partidos para un canal de televisión. El adulto platicaba sobre sus logros, de todas sus metas cumplidas y de sus nuevos objetivos.
Tenían tanto en común. Yo no tenía nada en común con ellos.
¡Entonces me di cuenta!
Ese niño era yo. Lo reconocí por sus sueños, que eran los míos.
Ese adulto era todo lo que yo quería hacer y lograr.
Me di cuenta de que había olvidado mis antiguos sueños y por eso perdí mi rumbo.
Cerré mis ojos y sonreí por la victoria. Cuando los abrí se habían ido.
Regresé a mi casa con una sonrisa en mi rostro, sabiendo a dónde iba.

martes, 14 de febrero de 2012

De Principitos.

Ya llevábamos tiempo platicando. Ya conocía algunas de sus cosas favoritas y ella las mías. Tenemos la costumbre de tener largas conversaciones hasta la madrugada.
Eran como las once de la noche.
Escuché la llamada entrar y su voz que me saludaba. No la dejé terminar, comencé a leer.
—"Cuando yo tenía seis años vi en un libro sobre la selva virgen que se titulaba "Historias vividas", una magnífica lámina. Representaba una serpiente boa que se tragaba a una fiera."
Solo podía escuchar sus "Aaww" y sus risas emocionadas. Me hice el fuerte, contuve mi emoción y seguí leyendo.
—"En el libro se afirmaba: "La serpiente boa se traga su presa entera, sin masticarla. Luego ya no puede moverse y duerme durante los seis meses que dura su digestión".
Reflexioné mucho en ese momento sobre las aventuras de la jungla y a mi vez logré trazar con un lápiz de colores mi primer dibujo. Mi dibujo número 1 era de esta manera: ..."
Era la parte de la boa que se había comido un elefante, dibujo que seguramente muchos de ustedes también confundieron con un sombrero. Vi el dibujo y me detuve. 
Intercambiamos 'mi amores', 'mi vidas' y 'te amos' y mucha emoción.
Lo hice porque estoy enamorado.
Le gustó porque está enamorada.

miércoles, 25 de enero de 2012

De festivales.

Como cada año, cuando se acercaba el 10 de mayo, día de las madres, en la escuela se preparaba el festival para las mamás. Yo estaba en kinder. Ahí conocí a Mauricio, ya les hablé de él, y a Daniela, una niña de cabello castaño y rizado, unos ojos verdes hermosos y una sonrisa encantadora. Ya muchos otros que no tienen nada que ver con esta historia. Mi maestra, una mujer joven fanática de las telenovelas, decidió que debíamos bailar el tema de la telenovela del momento: Agujetas de color de rosa.
Empezaron los ensayos y nos asignaron una pareja de baile. Por alguna extraña razón, éramos más niños que niñas, y los que no teníamos pareja bailábamos atrás de todos, para que no nos vean. Creo. La pareja de Daniela era muy torpe. Ella tampoco era muy hábil. Tenían que hacer un paso en el que él la tenía que pasar por debajo de su brazo, mientras ella daba una vuelta. Ella no sabía cómo, y él, de alguna forma se la ingeniaba para golpearla o tirarla. Los esfuerzos de la maestra fueron inútiles, el paso no salía.
Entonces vi mi oportunidad.
—Maestra, ¿puedo intentarlo?
Con un ademán me dijo que sí. Lo intentamos. Sí. Daniela y yo. Hizo el movimiento mejor que con su pareja anterior y la maestra decidió que se quedara así. Yo era su nueva pareja. 
El día del festival, ella estaba muy nerviosa. Recuerdo que le dije algo para tranquilizarla y no funcionó. Fue el turno de nuestro grupo y salimos a bailar, con algunas dificultades, ese movimiento maldito por fin salió. No fue perfecto, pero fue algo. 
Terminamos de bailar, salimos tomados de la mano, igual que todas las demás parejas. Antes de que me pudiera ir a reunir con mis amigos y a quejarnos de las vergüenzas que nos hacen pasar, me miró a los ojos, dijo algo que no escuché, y la di un beso. Un beso en los labios. Un beso de niños. Me miró, la miré, me sonrió y me devolvió el beso. Volvimos a sonreír y nos fuimos con nuestros amigos. 
Estuvimos juntos toda la primaria. Y cada año cuando se acercaba el festival, nos mirábamos deseando ser pareja. Y siempre, después del baile, la volteaba a ver, ella se apenaba, bajaba la mirada y sonreía.
Fuimos novios durante las vacaciones de verano, en sexto de primaria.

martes, 10 de enero de 2012

Del único arrepentimiento.

Se llamaba Mauricio.
Fue mi amigo desde la primaria, después yo me cambié de escuela al terminar la secundaria y dejamos de vernos. Nuestras mamás eran muy amigas, y por medio de la mía sabía de él.
Un día llegué de la escuela, noté a mi mamá muy callada. Me sirvió mi comida y antes de que pueda dar el primer bocado, me lo dijo:
—Mauricio está enfermo.
Supuse que era algo grave, por el tono de su voz y el semblante de su rostro. No respondí, solo la miré, esperando.
—Tiene leucemia.
Recuerdo que siempre inventaba algo para evitar ir al hospital. No lo quería ver así, mal. No quería ver a mi amigo, el que yo conocí como un muchacho robusto, fuerte, enérgico; débil, maltratado por la enfermedad. Y no fui.
Pasó el tiempo y él tenía días buenos y malos. 
Me lo encontré un día, en la calle. Lo vi mejor, lo vi fuerte, bien. Hablamos, nos reímos y prometí ir a verlo para jugar videojuegos o algo.
El tiempo pasó y nunca fui.
Llegué a casa después de la ir a la escuela, no había nadie. Sonó el teléfono y contesté. Era la mamá de otro amigo, me dijo muchas cosas, pero solo recuerdo: "David, Mau ya está descansando". 
Llego mi mamá, le dije, hubieron lágrimas, por dioses y negaciones. Ninguna fue mía. Tenía el alma entumida, no sentía.
Entramos a la funeraria, y como todas las funerarias, el ambiente era pesado y se podía respirar la tristeza. Encontré un sillón y me dejé caer en él. Desde ahí podía ver el féretro.
Entonces todo adentro de mí se rompió.
Recordé sus fiestas de cumpleaños, los pasteles deliciosos que hacía su mamá, las retas interminables de videojuegos. Recordé a todos los amigos reunidos en su casa, nos recordé jugando hockey con palos de escobas y una pelota playera, me recordé con el ojo morado, lo recordé con un dedo fracturado.
Después me descubrí como un cobarde, nunca lo fui a ver porque no lo quería ver enfermo. 
Sentí vergüenza.
Lloré, primero de rabia, después de tristeza.
Seguí llorando.
En mis veinticuatro años solo me arrepiento de una cosa, de algo que no hice: de no haber sido el amigo que él necesitó. De no haber tenido el valor, el coraje. De ser un cobarde.
Ya pasaron seis años, todavía me sigue doliendo.
Tengo un "perdón" atorado en la garganta, desde hace mucho tiempo.

Para ti, Mau.