martes, 10 de enero de 2012

Del único arrepentimiento.

Se llamaba Mauricio.
Fue mi amigo desde la primaria, después yo me cambié de escuela al terminar la secundaria y dejamos de vernos. Nuestras mamás eran muy amigas, y por medio de la mía sabía de él.
Un día llegué de la escuela, noté a mi mamá muy callada. Me sirvió mi comida y antes de que pueda dar el primer bocado, me lo dijo:
—Mauricio está enfermo.
Supuse que era algo grave, por el tono de su voz y el semblante de su rostro. No respondí, solo la miré, esperando.
—Tiene leucemia.
Recuerdo que siempre inventaba algo para evitar ir al hospital. No lo quería ver así, mal. No quería ver a mi amigo, el que yo conocí como un muchacho robusto, fuerte, enérgico; débil, maltratado por la enfermedad. Y no fui.
Pasó el tiempo y él tenía días buenos y malos. 
Me lo encontré un día, en la calle. Lo vi mejor, lo vi fuerte, bien. Hablamos, nos reímos y prometí ir a verlo para jugar videojuegos o algo.
El tiempo pasó y nunca fui.
Llegué a casa después de la ir a la escuela, no había nadie. Sonó el teléfono y contesté. Era la mamá de otro amigo, me dijo muchas cosas, pero solo recuerdo: "David, Mau ya está descansando". 
Llego mi mamá, le dije, hubieron lágrimas, por dioses y negaciones. Ninguna fue mía. Tenía el alma entumida, no sentía.
Entramos a la funeraria, y como todas las funerarias, el ambiente era pesado y se podía respirar la tristeza. Encontré un sillón y me dejé caer en él. Desde ahí podía ver el féretro.
Entonces todo adentro de mí se rompió.
Recordé sus fiestas de cumpleaños, los pasteles deliciosos que hacía su mamá, las retas interminables de videojuegos. Recordé a todos los amigos reunidos en su casa, nos recordé jugando hockey con palos de escobas y una pelota playera, me recordé con el ojo morado, lo recordé con un dedo fracturado.
Después me descubrí como un cobarde, nunca lo fui a ver porque no lo quería ver enfermo. 
Sentí vergüenza.
Lloré, primero de rabia, después de tristeza.
Seguí llorando.
En mis veinticuatro años solo me arrepiento de una cosa, de algo que no hice: de no haber sido el amigo que él necesitó. De no haber tenido el valor, el coraje. De ser un cobarde.
Ya pasaron seis años, todavía me sigue doliendo.
Tengo un "perdón" atorado en la garganta, desde hace mucho tiempo.

Para ti, Mau.

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